Es duro ver como la luz de aquellas personas que te han
acompañado desde tus primeros años de vida poco a poco se apaga. Se hace
difícil seguir caminando sabiendo que ya no estarán ahí, que ya no habrá más
historias, más anécdotas ni esas miradas de complicidad.
Dicen que no se sabe lo que se tiene hasta que se pierde,
creo que a veces estamos tan convencidos de que no lo vamos a perder que
dejamos de valorarlo. Dejamos de valorar cada ratito de charla porque ya hemos
escuchado esa historia, porque estamos cansados, por cualquier otra cosa que
nos interesa más en ese momento. Es importante construir recuerdos, reír con
las personas a las que queremos y jamás guardarnos un buen gesto, un abrazo,
ese mínimo detalle que marca la diferencia.
Se hace difícil el camino cuando de pronto, de un día para
otro, te dicen que alguien cercano se ha ido, que ya no habrá más anécdotas,
que sólo quedan los recuerdos del pasado. Es difícil decirle adiós a alguien
cuando ya se ha ido pero también es difícil, más aún decir adiós a alguien que
sabes que no le queda mucho camino por recorrer, que sus fuerzas se agotan y tú
poco a poco estás viendo como esa vida se va marchitando hasta que se apaga del
todo. Y a pesar de saberlo es imposible hacerse a la idea, es imposible que la
noticia no caiga sobre ti como una gran jarra de agua helada.
Últimamente les he dicho adiós a demasiadas personas
seguidas pero aunque se hayan ido físicamente también sé que su recuerdo
siempre estará con nosotros y que estén donde estén, seguro que están muy bien
y permanecen muy cerca de nosotros.
Hasta siempre.

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