sábado, 11 de agosto de 2012

Jugamos a prometernos


Jugamos a prometernos, a prometernos las estrellas, los planetas, el firmamento, nos prometimos la tierra, el mar y el aire, nos prometimos los animales, las plantas, los arboles, todo lo material, todo lo que nuestros ojos podían ver, todo lo que nuestras manos podían tocar, jugamos a prometernos tantas y tantas cosas… pero nada era suficiente, nada nos llenaba por completo, aun quedaba un hueco libre pero no en la casa, no en el trastero, no en ningún sitio visible, era un hueco dentro de nosotros, un vacio que nada de lo que nos prometimos podía llenar, un espacio con nombre y apellidos y no nos dábamos cuenta de ello.



Todo giraba en torno a ese espacio, llevábamos toda nuestra vida tratando de llenarlo sin darnos cuenta de que no éramos nosotros los que debíamos hacerlo, ese espacio debían llenarlo otros, debían llenarlo nuestros amigos, nuestros familiares, nuestros amores, nuestros desamores, nuestras mandarinas…. Pero sobre todo, ese espacio debía llenarlo nuestra naranja, aquella persona sería la que nos llenaría por completo. Aquella persona que con una mirada nos diría tanto, la que al darnos un abrazo nos haría sentir en el lugar más seguro del mundo, la que al darnos la mano nos transmitiría la fuerza suficiente para cruzar mares, subir montañas, la fuerza para luchar por nuestros sueños a pesar de haber caído antes, la fuerza para intentarlo de nuevo a pesar de los fracasos anteriores. Es con quien quieres levantar cada mañana y acostarte cada noche, la risa que quieres oír cada día, con quien compartir confesiones, preocupaciones, sueños e ilusiones. 




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