El poder de un beso, ese beso que nos transporta, que cura
nuestras heridas, esos besos que desde pequeños nos consuela, nos reconforta,
besos que nos llenan. Hay muchos tipos de besos pero todos transmiten algo.
Cuando somos críos nuestros padres nos colman de besos, no había mejor medicina para las caídas que el abrazo de mamá y esos besos en el lugar de la herida o esos besos en las mejillas. Poco a poco crecemos y el numero de besos se reduce pero siempre que estamos mal y acudimos a ellos sus besos nos reconfortan, nos curan como cuando éramos niños y llegamos a la adolescencia, época de rebeldía, a papá y mamá se le prohíbe que nos den besos en público “somos mayores, ¡qué vergüenza!”.
Adolescencia, divina inocencia la que se posee, descubrir un
nuevo mundo, la emoción del primer beso a aquella persona que te gusta, aquella
persona de quien estas “perdidamente enamorad@”, cuántos besos, cuántas
caricias y cada una con un significado diferente…
No pretendo describir cada sensación, cada beso, cada
situación, es imposible… pero, ¿alguna vez os habéis parado a pensar lo
reconfortante que es un suave beso en la mejilla acompañado de un fuerte abrazo?
¿El roce de los labios de la persona a la que quieres y que te quiere cuando nos
encontramos por el subsuelo? Es algo
espectacular, increíble, pruébenlo porque realmente funciona.

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